
Los suelos están muy vivos, y sin esa vida nada más puede vivir sobre la tierra. Se trata de un sinfín de invertebrados, bacterias, hongos, plantas diminutas y grandes que atraviesan todo lo que pisamos, oxigenándolo, convirtiendo restos en nutrientes, alimentando el sustrato que será la base de todo lo demás.
En un metro cuadrado de suelo puede haber hasta mil especies de invertebrados, que al caminar hacia arriba y hacia abajo y de un lado para otro oxigenan su entorno y recirculan los nutrientes. Además de ellos, en un solo gramo de humus puede haber millones de individuos de varios miles de especies de bacterias, y las colonias de hongos que se forman en ellas pueden llegar a cubrir varios kilómetros cuadrados.
Esta biodiversidad lo sostiene todo. De sus paseos depende que estén bien aireados; de su digestión depende que se descomponga la materia que cae en ellos y quede lista para que la tomen las plantas que crecen sobre ellos. Sus vidas mismas son alimento de un montón de animales que sí viven a la luz del sol.
A pesar de toda esta riqueza y de todos estos servicios, en México los suelos están terriblemente maltratados. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales estima que casi la mitad de los suelos mexicanos presentan algún grado de erosión, y el problema no hace sino expandirse.
La solución viene de aquellos lugares y actividades que tienen que ver con los suelos, esto es, de casi toda la economía y la vida social, pero sobre todo de lo que tiene que ver con agricultura y ganadería, con caminos y con manejo forestal. La extracción de madera no hace daño en sí, pero tiene que realizarse con cuidado. La agricultura —que es, a fin de cuentas, la extracción de suelos mezclados con agua para producir plantas— debe tomar un nuevo cariz, regenerativo, para recuperar los suelos que se han agotado. La ganadería debe realizarse cuidando que no se apisonen los terrenos por los que pasan las bestias y aprovechando más bien su paso para la circulación de nutrientes. Los caminos, por último, deben ayudarnos a movernos, pero se deben hacer —o corregir— para que no dañen esta vida que los sostiene también a ellos.
Los suelos lo sostienen todo, y en que sigan vivos nos va la vida también a nosotros.